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Chicha libre

Canibalismo

De Brooklyn al universo, el nuevo trabajo de Chicha Libre editado por Crammed y distribuido dentro de nuestras fronteras por Karonte. Recordando al poeta brasileño Oswald de Andrade (“Sólo el canibalismo nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente. Es la única ley en el mundo”), el canibalismo nos hace sentir un impulso tan fuerte que es irreprimible, una pulsión por engullir la cumbia, los ritmos andinos, el pop, la música clásica o el rock indie, y aderezarlo con guitarras surferas, sintetizadores, instrumentos de ayer y hoy (del cuatro al mellotron o el electravox) y percusiones de todo tipo (congas, cajón, quijada de burro, guacharaca, timbales...).

El resultado es un sonido tan surfero como cumbianchero, tan bailongo como psicodélico, tan moderno como retro... Tan.... Tan sorprendente y tan resultón. En “Canibalismo”, Chicha Libre nos sigue trasladando a las versiones sacadas de contexto, como “The Ride of the Valkyries” de Wagner con base dub, su particular homenaje al LSD en “Lupita en la Selva y el Doctor”, la mezcla entre cumbia y apuntes guineanos en “La danza de don Lucho”...

Los artistas ejecutantes, a pesar de su éxito desde aquel primer trabajo, “Sonido Amazónico”, siguen actuando todos los lunes en Barbés, su garito neoyorquino especial. Allí se expresan sin tapujos y comparten su particular visión de esta música que por los años 70 naciera en tierras andinas. El gran Chacalón puede descansar tranquilo: el tropicalismo peruano sigue en plena forma y suena libre en emisoras y pistas de baile de todo el planeta .

 

 
   
 

LA MÚSICA CHICHA

“En el siglo XX la música popular fue el terreno donde se libraron algunas de las trágicas historias de los semidioses proscritos. El jazz, el blues y el rock nacieron en arrabales marginados por el racismo; el tango y el bolero también crecieron al cobijo del humo, la noche, el sexo, el alcohol, el desarraigo y el abandono. En Perú, a mediados de los años setenta, surgió un género híbrido que unió elementos de la cumbia, el rock y la música andina. El culto al baile, la electricidad y la melancolía. Se le llamó música chicha y corrió como la pólvora encendida en esa ciudad de cartón y arena formada por inmigrantes de la provincia que rodea y asfixia la gran capital.”

Fietta Jarque

Libreto del CD “Chacalón y la Nueva Crema: Lo mejor del Faraón de la Chicha” Escalas pentatónicas a tiempo de 4/4 saladas a ritmo de cumbia, guaracha, mambo, salsa o rock y donde la guitarra eléctrica y sus efectos desempeñan un papel fundamental. La música chicha nació de la mezcolanza de la cumbia colombiana y el huayno que trajeron los inmigrantes andinos a la Lima de los años sesenta. No hay que despreciar los cambios demográficos y su influencia sobre el mundo que nos rodea: fruto de la migración provocada por el terrorismo, la Lima de mediados de siglo pasó de quinientos mil a más de un millón de habitantes en apenas diez años. Barriadas ilegales y gente humilde crecieron al arropo de una capital inexperta, y uno de sus vástagos fue musical. Era necesario sentirse arraigado ante el desarraigo. Sentir la unión entre la vida pasada y la actual. El huayno procedente de las montañas hacía a los nuevos habitantes sentirse como en casa.

Pero en la capital ya gozaban de la cumbia colombiana, el son cubano y otros tantos ritmos de la América grande y profunda, atlántica y continental. Se unieron también los ritmos de las danzas de la amazonía peruana. La década de los setenta fusionó los diversos ingredientes, la de los ochenta, con una población ya asentada y transformada, desarrolló y masificó el nuevo fenómeno. Una música que desde sus primeros pasos hasta el día de hoy reivindica la mezcolanza como sello de un estilo híbrido pero propio, peruano pero mundial. Música Chicha para el universo.