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Foto: Rocío Alonso Serrano

 
 

 

 
 

Y LA MÚSICA SE HIZO NOCHE

En la madrugada del 3 de enero de 2014 fallecía Javier de Cambra. Catalán castizo y cañí. Toma que toma. Certero y lúcido de pensamiento, palabra y obra. Nada comparable al título de su amistad. Orgulloso de su ascendencia. Su madre, campeona de natación en la dura España de postguerra siempre en su recuerdo. Su padre, modelo que le trasmitió la esencia de como ver la vida, de pragmatismo y filosofía que nunca le abandonarían. De filosofía que luego estudiaría en la facultad, posteriormente a sus estudios elementales en el colegio del Pilar. Su activismo en la dictadura le dejaría una dolorosa huella. Hace pocas semanas me confesaba, en el aniversario del atentado a Carrero Blanco, como vivió la noticia en aquellos momentos en que se encontraba detenido desde el día anterior en las mazmorras de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Llegó a ser durante un tiempo secretario personal de Santiago Carrillo pero, fiel a sus ideas, se empeñó en defender en contra de la dirección que la estrategia electoral del PCE en aquellas primeras elecciones democráticas iba a suponer que les barriera el PSOE.

Inició su carrera de periodista en Mundo Obrero. Contaba con orgullo cómo en la redacción de la publicación comunista que dirigía por aquellos entonces Raúl del Pozo, éste le pasaba sus textos para la última opinión. Luego su paso por la crítica literaria. Walter Benjamin le mostró el camino y eso de la “crítica del arte”. En su honor colgaba una vieja foto en blanco y negro de Benjamin en una estantería de su salón. Sólo unos pocos elegidos tenían ese honor. Como Randy Weston. ¡My brother!, que siempre apuntillaba. La literatura le adentró en tierras marroquíes. La lectura de un Chukri que le agarraba las tripas o su entrevista a Paul Bowles en Tanger para la revista Elle le unirían ya permanentemente a aquellas tierras. El resto de su vida se puede resumir en cuatro letras: jazz. Su trabajo no era desde fuera. Gustaba de agarrarse al mundo nocturno, ese mundo que empezaba “Round midnight” y en que no valen medias tintas. Maestro de maestros cómo recientemente me comentaba el mismo Javier Colina. El conocimiento y sabiduría que destilaba Javier de Cambra era profundo, con poso, de ese que ya queda poco. Ese que hay que echarle un tiempo que ya no tenemos con el vertedero de pensamientos del Facebook. Con esa nube y esa gran red de la que mi compadre comentaba: “Todo, todo, no está en internet”. Porque sabía de la importancia del alma y de lo necesario que es para ésta que las partículas de las vivencias se aposenten y fermenten.

Su pluma, su voz y su alma vertieron su pasión por la música en el periódico El Sol, El país, La Razón, en Radio 3 aparte de numerosos medios de prensa especializada o la creación y dirección en el año mil novecientos noventa y ocho de la revista Más Jazz.

Estos últimos años vinieron duros. A veces la vida no es justa con algunos. En ocasiones recurría una vez más a Walter Benjamín para contar como estaban matando la cultura. La importancia de un oficio en vías de extinción. La disminución de páginas culturales en los diarios o los precios irrisorios con que se pagan los artículos. Años de compartir penas y encontrarnos en ese territorio donde habitan las ganas de vivir. En las alegrías que le dio su Barca. En nuestras comidas de los viernes en que yo desestructuraba los platos en la cocina y él mi cabeza con sus historias. Con los buenos momentos que pasó en Radio nacional junto a Marta Echevarría. Me mostró una profesionalidad que manaba de la generosidad de su corazón. Que le llevaba a recluirse en casa desde el viernes para preparar a conciencia la selección y unión de temas en sus intervenciones para Radio 3. Que le llevaba a asistir a conciertos en lugares dónde había sido ninguneado porque: “El artista no tiene la culpa, ni la música tampoco”. Cuanta Cambraina. Vaya lección. Fue un auténtico placer recorrer juntos el camino y no puedo dejar de mencionar su apoyo y colaboración en Inmusica. Aquí quedan sus intervenciones en los reportajes “Gloria en el Candela”, “Pirineos Sur: Un latido de diversidad” y “Javier Colina: En clave de mil sabores” en que entrevista al contrabajista. Hay pocas personas en la vida que puedan ser como él fue maestro, hermano y amigo. Hasta siempre compare.

 

Antonio Aguirre

 
  JULIO GORDON Y DEXTER CORTAZAR. Por Javier de Cambra.Link: Descarga pdf  
 

CARTA MANUSCRITA DE RANDY WESTON ANTE LA NOTICIA

 
 

 

 
 

POR PEDRO CALVO

Esta mañana hemos despedido al amigo y compañero Javier de Cambra. En las últimas dos décadas he compartido con Javier un montón de vida. Nos conocimos por el jazz: él venía del diario El Sol y aterrizaba en El País. Yo llevaba un buen rato alunizando en Diario 16. Nuestra amistad fue un flechazo a primera vista. Nos gustaba lo que hacíamos. El periodismo era un trabajo, pero también una forma de ser y de estar en el mundo. Nos gustaba comprender y hacer entender. Y nos gustaba reír y hacer reír. También beber y fumar. Javier, que era licenciado en filosofía pura por la Universidad Autónoma de Madrid, había encontrado en el jazz un espacio desde el que estar e interpretar la realidad. Tenemos la misma edad. Javier fue, como muchos, como yo, de la música y de la cultura a la política rebelada contra toda esa mierda del franquismo. Y luego Javier fue de la política (“Mundo Obrero”, “La Calle”) a los brazos del jazz. De cuando entonces le quedó la herida, el daño que recibió en la cárcel. Nadie ha querido reconocer la crueldad ni pedir perdón. De ahí esa amargura que le brotaba a Javier, que unas veces era nihilismo y otras posibilismo. Lucidez, siempre. Javier imponía el respeto a la inteligencia. Siempre atento a los trajines de la política y a los más variados meandros de la cultura y la literatura, Javier de Cambra decidió vivir en clave de jazz. Y así ha vivido, como un personaje de su amado Julio Cortázar. Yo sé que Javier era un personaje, pero sé, sobre todo, que fue un romántico a bocajarro, un catalán castizo de Madrid, una contradicción caminante entre el conocimiento racional y el aleph por el que volar con el jazz y las músicas hermanas. Si te dejabas caer por ahí, Javier agradecía que le dejaras filosofar con unas cuantas bromas y chistes de por medio. De los pitagóricos había aprendido que la música es una disciplina del conocimiento (como las matemáticas o la lógica), un vórtice desde el que inevitablemente se lee el mundo. La música era la cifra de lo real. Y hemos pensado y conversado hasta después del amanecer, hemos comido bien (siempre que se ha podido) y hemos reído mucho. Como entiendo que no somos un par de gilipollas, también hemos peleado. Ahora le recuerdo con la sonrisa que siempre estalló cada vez que nos veíamos: “Cullons, es el nostre candidat: foteulo”. “Pero qué pasa… doctor”. “Qué pasa… poeta de El Jueves”. Enredando una cosas con otras, la mayor parte de la veces todo fue conversación, vacile y tres con las que saques. Cuidado, Ciutti, que tocando vale más. Y la música siempre sonando al fondo, hilando un espacio común de entendimiento. “Rancheras no, Perico, música mexicana ni modo, que me hago un pensamiento”. Y cogía la puerta y se largaba. Y en eso llegó Chavela Vargas y se le olvidaron las manías. Aparecía otro árbol de la sabiduría y gozaba con el asombro como un niño. Siempre fue un reto con Javier sacarle punta al lenguaje. Una de las personas con las que más he hablado de todo en esta vida ha sido Javier. A la boca me van a seguir viniendo palabras que son una prolongación de la conversación con Javier de Cambra. Y entonces voy a saber que no está muerto.

 

 
 

 

 
 

POR JERRY GONZÁLEZ

Im very sad about the passing of my dear friend Javier De Cambra He was one of the best jazz critics Ive met and he was one of my first friends in Madrid when I arrived to Madrid. I rented a room in his apartment for a few years and during those years we had the chance to spend quality time together and listen to a lot of great music. Im going to miss you deeply bro.

 

 
 

POR JOSE MANUEL GÓMEZ

http://blogs.tiempodehoy.com/locrudoylococido/2014/01/05/javier-de-cambra/

 

 
 

POR JUAN PABLO SILVESTRE

Gracias por compartir tus palabras hermosas y certeras, humanamente fieras, sobre Javier, en esta despedida abrupta, en esta "hora de ser Cavaradossi" que también a mi me ha helado el alma.  El, siempre tan medido, exquisito en las formas pero sobre todo en los fondos, se ha ido sin decir adiós y yo, fuera de Madrid, no he llegado a tiempo ni siquiera de decir ¡presente! en la lista de gente con "alma" que, de verdad, le quisimos. Coincidimos, precisamente el Festival Timitar, creo, en el que el Randy Weston del que me incluyes pésame, actuaba. Pero no fue la coincidencia en esa pasión telúrica que puede ser la música. Tampoco fue la palabra. No fue la palabra, no fue la música, no fue ninguna forma de colegueo, no fue profesión alguna. Fueron sus ojos iluminados saltando de las órbitas y fue su golpe eterno en el corazón -el mismo que le falló- con el puño cerrado al vernos.¿Las palabras?, esas cuatro, con la correspondiente reverencia, que se destinan siempre a la "realeza", la falsa : "excelencia", " a sus pies"..., pero dichas con todas las de la ley "and I mean it", con perfecto conocimimiento de causa. Jondura, blues, sabiduria, entrega, conocimiento y reconocimiento, vacias para tantos, pero por las que Javier ha "entregado la cuchara".  Un "bello perdedor", como todos los que, de ley, estampan su firma en intangibles, escriben en el aire sinfonías que se lleva el viento.Pero se lleva "el oro" este bucanero, lo único que no nos pueden quitar. "They can´t take that away from me", dice la canción.  Cuídate, cuidémonos más y mejor. Por Javier.

 

 
 

 

 
 

POR ALEJANDRO CIFUENTES

Conocí de la existencia de Javier de Cambra en la biblioteca a la que acudía para devorar todo lo que caía en mis manos sobre la que consideraba mi gran pasión, el jazz. Leía allí tantos libros como encontraba sobre esta música. Me empapé en especial de tomos generalistas como El jazz de Joachim Berendt, y encontré pequeñas joyas como La rabia de vivirde Mezz Mezzrow. Con el tiempo descubrí la escasa actualidad que se presentaba en nuestra ciudad a través de los textos de Federico González enEl País y aprendí a disfrutar de la prosa de Xavier Rekalde cuando con ella me topaba. Pero un buen día descubrí en esta biblioteca una serie de textos sobre biografías de jazz en diferentes números de una revista cultural de nombre El Urogallo. Javier de Cambra firmaba los apasionantes escritos que me transportaban de lugar y época a las intensas vidas de músicos como Lester Young o Abdullah Ibrahim. (Lo que nunca llegué a descubrir fue al otro entusiasta de sus textos que se dedicaba a recortar los artículos de Javier dejando indemne lo que quedaba de revista, historia ésta de la siempre disfrutó con tácito orgullo Javier, hasta el punto de hacerme dudar con el tiempo si no sería el propio Javier usuario de esta biblioteca...).

Posteriormente encontré a través de la revista Quartica Jazz y finalmente deCuadernos de Jazz otras estupendas firmas de las que aprender. Más concretamente descubrí los maravillosos textos de Ebbe Traberg y comprendí que Javier era, de algún modo, alumno, o por lo menos “de la escuela”, de la pluma del escritor de origen danés.

Aunque me crucé en diversas ocasiones con Javier, fue lejos de Madrid cuando charlamos por vez primera, en Huesca, una noche junto al embalse que inunda al pueblo de Lanuza, en el festival Pirineos Sur, donde acudí a escuchar a Randy Weston y en el que Javier llevaba varios días afincado. Recuerdo que tras una breve conversación más ociosa que musical Javier me preguntó si le podía prestar algo de dinero pues después de varios días de esparcimiento se había quedado sin posibilidad de volver a Madrid. Tras dejarle lo suficiente para volver a la capital me despedí sin la esperanza de volver a saber del dinero. Una semana después recibí su llamada en la que me anunciaba el retorno del dinero y me otorgaba, por tan poca cosa, su eterna amistad. Entonces sí hablamos de música… o más bien él habló y yo escuché.

Conocí entonces todo un personaje que entre otras cosas había pasado la mili en un calabozo por “rojo”, había sido friegaplatos en Nueva York para poder comprarse discos de jazz y había renunciado a diferentes trabajos por ser honesto consigo mismo.

Desde entonces he leído a Javier en sus artículos de La Razón, púlpito desde el que se expresaba con dura crítica o tremenda pasión; celebré su efímero paso por el sillón de director de la revista Más Jazz; le he escuchado, a pesar del horario, en el programa Sonideros de Radio3 del que era colaborador (mucho tiempo antes de iniciar esa aventura radiofónica tuve el honor de tenerle en mi programa de radio: dos horas de distendida tertulia); pero sobre todo disfruté de su conversación tras innumerables conciertos, y ahora siento, ¡ay!, no haber podido aceptar la invitación para comer y escuchar buenos vinilos en su casa que tantas veces reiteró; esa casa junto al Retiro, herencia de sus padres y refugio ocasional de amigos, de músicos o ambas cosas, como así fue hogar estacional del trompetista Jerry González.

No creo que tuviese interés en tener hijos, tal vez me equivoque. Dudo seriamente que alguna vez haya plantado un árbol. Lo que sí que siento es que no escribiese un libro, ni siquiera aquella biografía (autorizada) de su amigo Randy Weston que nunca llegaba a comenzar y que tristemente nunca verá la luz.

Mientras escribo esto resuena en la habitación el piano de Weston interpretando su célebre Blue Moses, tema dedicado a Sidi Musa, santo espíritu de los Gnauas, que de existir espero proteja allá donde esté a Javier de Cambra. ¡Salud camarada!

Alejandro Cifuentes © Cuadernos de Jazz, enero - 2014

 

 
 

POR SANTIAGO AUSERÓN

Anteayer falleció Javier de Cambra. Me dio la noticia por teléfono nuestra amiga común, la cantante Mely Bernet, poco antes de salir al escenario. Me quedé triste, pero pensé que debía cantar lo mejor posible, pasarlo bien con la banda y con la gente de Logroño. Ahora toca acordarse de quién ha sido Javier: un hombre de un gusto musical exquisito, muy inteligente, filósofo arriesgado, excelente escritor, crítico de jazz certero. Su rigor en la crítica y su compromiso vital con el jazz no le impedían permanecer atento a otras músicas. Fue generoso conmigo prestando atención a mi trabajo. Gracias Javier. Feliz vuelo.

 

 
 

 

 
 

POR BELÉN PALANCO

A Cambra (Javier de Cambra)

Me llamabas “rubiaaa”; con una “a” que, recorría el laberinto de tu voz rasgada y emergía acompañada de una sonrisa picarona. 

En el Festival de La Mar de Músicas, te conocí cuando era periodista de la Agencia EFE y tú escribías para “La Razón” y colaborabas en Radio 3. 

Con tus camisas coloridas, los pantalones claros y anchos, las zapatillas de tela, el pelo canoso y animado, y la mirada traviesa, te recuerdo. Dicen que los que realmente saben son generosos con los ignorantes que son humildes.

Recuerdo que te comenté que había sentido “algo especial” escribiendo la crónica del concierto de René Aubry y que el texto -todavía, lo pienso- fluía.  Me dijiste: “no está mal” mientras, ladeabas la cabeza, sonreías y me mirabas a los ojos. Un gesto que sentí de aprobación y me mereció ¡tanto respeto!: yo, una periodista que escribe de arte.  Un año después, íbamos en el mismo tren de Madrid a Cartagena pero, no lo sabíamos.

En una estación a las afueras de Madrid, el tren se paró en seco porque había un cadáver en las vías. Como periodista de EFE -aunque fuera de la sección de Cultura-, salí del vagón dispuesta a avisar a la redacción central de aquel suceso. En el andén, estabas fumando junto con José Manuel Gómez “Gufi” y Ceesepe, artista que me presentaste. Con retraso, el tren partió y, departimos en la cafetería durante más de cuatro horas hasta alcanzar Cartagena.  3 de diciembre de 2014, te fuiste. 

Me quedo con un calmado adiós de hace tres años. Siento que me despedí de ti la última vez que fui a cubrir el Festival de La Mar de Músicas. Intuía que no te iba a ver en mucho tiempo y, aunque, hemos coincidido “a posteriori”; me quedo con esa mañana. Regresaba a Madrid y tú te quedabas en Cartagena. Coincidió que eras mi vecino de la puerta de enfrente del hotel. Te llamé. En tu calidad de caballero elegante conmigo, halagaste mi sombrero que aspiraba a tener la caída de tu sombrero panamá.

Era un tiempo en el que la tierra jugaba a atrapar tus pies y el dolor les confirió peso, la soledad rondaba al acecho y la música era luz. Por aquella desgastada alfombra roja del pasillo del hotel, me alejé del umbral soleado de tu puerta, del que nacía un eco cantor: “rubiaaa”.

 

 
 

POR JUAN ÁNGEL JURISTO

Hay gentes que te acompañan a lo largo de una carrera profesional. Ellos están ahí, para ti y supones que tú estas ahí, para ellos. Sucede que, luego, con los años, esas gentes que están ahí comienzan a hacerse notar por pura ausencia. Esa es la señal para saber que te han dejado huella, porque lo usual es que muchos pasemos por delante de los demás como meras apariencias en el Gran Teatro del Mundo.

Me entero por vía peregrina, es decir, insospechada y algo extraña para mis hábitos, con Facebook pasan estas cosas, de la muerte el día 2 de enero de Javier de Cambra, un crítico de música, sobre todo de jazz y música étnica, de enorme importancia en el periodismo cultural de los últimos 30 años, lo que equivale a no decir casi nada, un hombre que rondaba ya los 60 y que hasta hace pocos meses colaboraba en un programa antológico en Radio 3, 'Sonideros', donde su sección 'El momentazo aquel', nos descubría músicas, no sorprendentes, sí necesarias. Javier poseía un fino oído, muy fino, pero sobre todo cierto rigor crítico que muchos no le supieron, o quisieron, perdonar. Llevaba en paro una buena temporada.

No supe de Javier en años, de ahí que supiera de su ausencia, pero le recordaba de múltiples pasos por distintos medios en los que trabajábamos o colaboramos. Cuando dirigí la sección de cultura de El Independiente sabía que la única persona que podía llevar la sección de jazz era Javier, como llevaba la de música clásica, en especial Ópera, Ernesto Sáenz de Buruaga, curiosamente gente vinculada a Radio Nacional. En realidad digo curiosamente como figura retórica: Radio Nacional tuvo siempre una cantera de críticos de música y de periodistas culturales de rara excepción.

Después de El Independiente supongo que le leí en El País donde estuvo una temporada, fueron años en que todos cambiábamos de medio con frecuencia sospechosa, y en las revistas, sobre todo en revistas porque el jazz, música que adoraba, fue siempre, además de sonido minoritario, un modo de vivir y de enfrentarse al mundo, como el flamenco, y las revistas de jazz, muy minoritarias pero muy frecuentes, eran pasto de lo que ahora se llaman fans y que entonces preferíamos llamar, por respeto, aficionados, sin ese fans de fanático que, intuimos, a nada bueno lleva. Cuando digo revistas de jazz me refiero a muchas pero sobre todo a Cuadernos de Jazz.

Javier de Cambra era asiduo de Libertad 8, un garito donde nos reuníamos gentes diversas como Fernando Savater, Ángel González, Mercedes Soriano, Juan Cruz, Constantino Bértolo, José Méndez, Juan Manuel González... hasta avanzadas horas y allí siempre nos deleitaba un tal Paco Otero con actuaciones de buen cabaret espontáneo. Eran noches estupendas llenas de conversación y aprendizaje y, sobre todo, fueron noches que han quedado en el ánimo de cada uno de los que por allí nos dejábamos caer como algo precioso, y una de las cualidades para hacerlo precioso todo lo contrario que ciertos aspectos de la Movida, es que todo aquello no estaba sujeto a rentabilidad y, lo que es mejor, es imposible de rentabilizar hoy día porque a nadie interesa, salvo a los que por allí andaban y siguen vivos. 

Javier de Cambra colaboró en varios medios. Últimamente le recuerdo en La Razón, donde le leí algún que otro artículo sobre Chick Corea, o Chavela Vargas o Santiago Auserón o Gino Paoli, ¿recuerdan?, el cantante de 'Sapore di sale, sapore di mare', y recuerdo todo esto aposta, es decir, para dar cuenta de la versatilidad, de los intereses musicales de Javier de Cambra, muy variados , pero siempre con la excelencia como regla. Para él, como crítico exigente, sólo había música buena o mala. Luego venía el jazz, o Chavela Vargas o los Rolling Stones, de quienes dio cinco buenas razones para amarlos y otras cinco buenas razones para odiarlos. Con Cesaria Évora esas contradicciones no las sentía...

Javier nos ha dejado al comienzo del año, y lo ha hecho con la discreción que siempre le caracterizó en vida, en la suya personal, la íntima, pero también en la profesional. Cumplió sin saberlo con las ocho reglas que según Anton Chéjov distinguían a un hombre culto y que distaban mucho de saberse algún capítulo del Fausto. Donde hay belleza hay piedad, precisamente porque la belleza debe morir. Esta frase de otro ruso, Vladimir Nabokov, define buena parte del modo con que Javier encaró la música... y la vida. 

No podía ser de otro modo.

 

 
 

 

 
 

POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Javier, adiós

Qué pena me ha dado enterarme de la muerte de Javier de Cambra. Ahora me doy cuenta de que era una de esas personas que hay en cada generación que parece que se quedan atrás y que acaban yéndose antes. Crítico de jazz, dicen las necrológicas, pero Javier era mucho más que un crítico: era un activista, un propagandista, un entusiasta, un maximalista del jazz. Lo conocí en los últimos años ochenta, cuando yo empezaba a venir a Madrid para cosas literarias, entrevistas y presentaciones de libros, alguna conferencia. Me aturdía Madrid y me veía muchas noches tomando copas entre gente conversadora y borrosa, y cuando todos se habían ido el que quedaba era Javier, que me llevaba a otro sitio particular y desconocido, que empezaba a hacerme una entrevista y se olvidaba del cassette -entonces eran cassettes- igual que me olvidaba yo, y se nos iba el tiempo hablando de lo que más nos gustaba, el jazz y la literatura. No sé cómo se las arregló para que le dieran una sección fija de jazz en la revista Elle. Una vez viajamos a Almería -él desde Madrid, yo desde Granada- para participar en el aniversario del club Georgia, que celebraba diez años de persistencia heroica. Vino también Lou Bennett, con su furgoneta de buhonero y su órgano sujeto con todo tipo de alambres y esparadrapos, y Javier y yo acabamos dando una charla conjunta repartiendo los folios de notas por el teclado del órgano de Lou y los tambores de la batería. Escribí en ABC una crónica sobre aquel viaje, Georgia está en Almería. Nuestra siguiente aventura me dejó uno de mis mejores recuerdos de aficionado a la música. Javier me avisó de que iba a tocar en la sala Clamores el insigne Johnny Griffin, y allí nos presentamos los dos. Hace muchos años y no recuerdo quiénes eran los otros músicos, pero Griffin tuvo una actuación prodigiosa, aquel hombre pequeño soplando un saxo tenor que parecía muy grande. Javier lo conocía, como conocía a todo el mundo, y al terminar el concierto me llevó a charlar con él. Estaba diciéndole a Johnny Griffin cuánto me había gustado, cuántos discos suyos tenía, y él se encogió de hombros y me contestó sonriendo, cansado y afable: “Es el trabajo que hago”. It’s the job I do. De esas palabras simples me acuerdo con mucha frecuencia.

Pasó el tiempo y Javier y yo nos veíamos menos, sin ningún motivo en especial, como pasa a veces en la vida, y luego dejamos de vernos. Le pierdes la pista a un amigo y cuando vuelves a saber de él es porque se ha muerto. Hay al menos dos descubrimientos que le debo exclusivamente a él: el piano de Randy Weston; los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot. Me llamaba a Granada y los recitaba por teléfono, y me ponía la música que estuviera escuchando, en esa época muy anterior a internet.

 
 

 

 
 

POR RAULUZ

(CAMINANDO SOBRE LA LUNA)

Temperamental, erudito, apasionado articulista musical. Si reía lo hacía a mandíbula batiente y si se enfadaba su viento hipo huracanado no dejaba nada en pie en varios kilómetros a la redonda. En multitud de ocasiones nuestras conversaciones acababan con sendos envíos ¡A la mierda! en ida y vuelta. Lo más fuerte que le dije en una ocasión fue misógino, esa acalorada conversación creo que acabó con carcajadas… Ya no lo recuerdo.

Frágil y bohemio no supo vivir de otra cosa que no fuera lo suyo. Otros nos enfundamos monos de trabajos ajenos a nuestras habilidades y tiramos por la cuestas, sin abandonar nuestro auténtico ser y estar. En los últimos años en los encuentros, muchos ocasionales, los cafés los pagaba yo, encantada de hacerlo y lástima de faltriquera llena para arrimar el hombro de maneras más contundentes.

Prescindir de Javier de Cambra en rne3 es algo que, ya sin arreglo posible, no se comprende ni se podrá comprender jamás

. Querido Javier te despido con un Free at last! Que te eleve de la tierra lo máximo posible en el recuerdo que siempre tendremos de ti. No descarto la posibilidad de que acabáramos hablando acaloradamente sobre algún aspecto curioso de este trabajo discográfico del explosivo Albert Ayler… A saber.